Aprovechando unos días de este caluroso mes de Agosto, y pensando en cómo disfrutarlos sin tener que ir demasiado lejos, empecé a indagar aquí y allá, hasta encontrar el sitio adecuado. A través de una web que proporcionaba información( horarios, visitas, ubicación etc…) llegué hasta el Castillo de Mendoza.
Me pareció genial la idea, puesto que sólo quedaba a una horita y cuarto aproximadamente, y el horario de verano tampoco estaba mal, mañana y tarde, o sea que mi próxima visita sería el Castillo de Mendoza.
Preparé mi portátil (es como mi hijo, no salgo sin él), un bocata, una cervecita, el móvil cargado (por si ocurre algo) y emprendí la marcha llena de ilusión.
Llegué al pueblo al mediodía, así que busqué un lugar donde la sombra de los árboles diesen cobijo y poder descansar después del almuerzo.
En un extremo de la Iglesia encontré lo que buscaba, el lugar perfecto. Una pequeña brisa de aire corría de vez en cuando haciendo más agradable la estancia.
Como sobraba tiempo hasta la siguiente visita, que ya sería a partir de las cuatro, me relajé en el interior del coche y puse en marcha ese proyecto que los españoles presumen de llevar a cabo mejor que nadie. La siesta.
Y que bien me sentó. Recliné el asiento hacia atrás, abrí ventanillas, y madre de dios, ese vientecillo que corría sabía a gloria.
Me despertó el ruido de un coche que llegó a dar la vuelta para seguir su camino, y como ví que faltaban unos minutos, me fuí preparando para el momento. Qué emoción.
La parte trasera del castillo es la que quedaba justo a ras de la carretera, y un pequeño llano hacía de aparcamiento, pero había que dar toda la vuelta para llegar a la entrada. Cámara en mano, fui rodeándolo y recogiendo lo mejor de él, pero al llegar a la entrada…… Leer el resto del artículo »













