He querido que el título de esta historia sea viejo relato, porque hace tiempo que ocurrió. Es una parte de mi vida, un momento muy duro que dejó una huella tan profunda que aún todavía cuesta cerrar. Hace exactamente ocho años y medio y sin otro motivo que desahogarme de algún modo, decidí dejar plasmado sobre un trozo de papel lo sentido, la tristeza, lo vivido, lo ignorado, la impotencia, y al final, la alegría.
Y ahora, por casualidad, entre libros ya leídos, lo he encontrado y quiero compartirlo con vosotros.
Reescribo………Se acercaba la navidad y con ella, el nacimiento de un niño que llenaría de felicidad el hogar. Su llegada estaba prevista para el Día de Nochebuena, pero quiso adelantarse para estar presente en la cena.
La dicha y la felicidad desbordaban cada momento. Era el primer bebe en la familia y se acogió con todo el amor del mundo.
Todo él era dulzura. Las ondas de su pelo al viento parecían querer besar el aire. Sus ojos tan despiertos, traviesos y de un gris azulado, llenaban de luz mi vida. Y esa cálida sonrisa envolvía de magia mi universo.
Pero era su profunda y perdida mirada la que intentaba decir lo que nadie percibía, lo que nadie entendía, porque nadie conocía el sentido de su silencio.
Transcurría el tiempo y apenas un balbuceo salía de su boca. No llegaba ese mama o papa, o agua que se esperaba con impaciencia. Sólo una intención por su parte, buscar y buscar sin saber hacia donde.
Hasta que desesperada busqué ayuda para saber que era realmente lo que necesitaba mi hijo.
Dios!!, no encontraba el sonido, el que le uniera al mundo, a la vida, a mi.
Y todo empezó a derrumbarse, a hundirse a mis pies. Mi niño no podía escuchar a su madre diciéndole lo mucho que lo quería. No podía oír el arrullo de los pájaros cantando cada mañana en las ventanas. Ni el silbido del viento al soplar en otoño, ni el murmullo de las olas, ni el día de su cumpleaños cantando todos sólo para él.
La voz de aquel médico destruyó los muros que había construido y tenía que empezar a edificar otros nuevos sin demora.
Pero……..se hizo la luz.
Un 31 de Mayo llegó una estrella, cuando, gracias a una operación, Alberto escuchó por primera vez una voz, diciéndole con ternura y en un susurro: TE QUIERO.
Si seguimos una estrella con fe, con esperanza, con una ilusión, seguro que en algún momento aparece, aunque no sea Navidad.
Mi total agradecimiento al equipo de otorrinolaringología del H. U. San Cecilio de Granada.
Al Dr. D. Manuel Sanz, cirujano que intervino a mi hijo.
A Cristina (programadora), por la gran labor que realizó con y para sus pacientes.
A Chelo (logopeda), por su buen hacer y su paciencia infinita.
A la Asociación Asprodes, por la atención prestada a toda aquel que llama a su puerta.
Al Colegio de Sordos Sagrada Familia de Granada, por llevar de la mano al que necesita aprender a caminar.
MIL GRACIAS Y MIL ESTRELLAS DE NAVIDAD PARA TODOS.
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