Mi llegada a Artajona no fue casual, aunque sí demasiado corta.
Desde la carretera más cercana que llega de Pamplona, accedí a ella. En la entrada, me encontré con “El Chorro”, un paseo con mesas, bancos, asadores y una fuente, que llamó mi atención al quedar unida a una especie de acequia que iba a desembocar a un gran estanque. Me pareció interesante y no pude resistirme a sacar unas cuantas fotos.
Sus calles empedradas, zigzageantes y altaneras, me codujeron hasta la fortificación de una Navarra Medieva.Un perfecto conjunto de piedras, que unidas, se convierten en muralla, me atrapararon, dejándome sin aliento, en el mismo corazón de su cerco, el de Artajona.
La fortaleza la formaban catorce torreones almenados, de los cuales, a día de hoy, sólo quedan nueve. Dos portales, el de San Miguel y el de Remahua, dan acceso a todo aquel que detiene su paso y se adentra en el corazón de su historia. Bien merece la pena hacer un alto en el camino y pararse a escucharla.
En el interior y sabiamente protegida, se encuentra la Iglesia -Fortaleza de San Saturnino, del siglo XIII. Ha sido declarada monumento histórico-artístico.
Descendiendo por su ladera, el pueblo baja a la par, deteniéndose en aparatosos escudos de antigüos nobles, presidiendo casas y palacios.
A su término y alcanzando la parte baja del pueblo, la Iglesia de San Pedro, que, siendo levantada al mismo tiempo que la de San Saturnino, no llega a brillar con ecuanimidad.
Ya a la salida del pueblo, descubrí la Basílica de Jerusalén, donde guardan con cautela, una talla de la Virgen, la cual no superará los 40 cm. de altura, pero su valor, más sentimental que económico, es incalculable. Cuenta la leyenda, que un artajonés, la trajo de las cruzadas en Tierra Santa.
Hay otra cosa, no menos curiosa, de la que pueden presumir sus habitantes, y es la de ser el único lugar en el mundo, en donde las campanas se badean al revés, desde fuera hacia adentro. Hoy en día, sólo tocan a difuntos y en momentos puntuales.
Y aún queda más. Despidiéndome del pueblo, por la carretera que me llevará hacia Pamplona, tengo que pasar por el cementerio, que queda a mi derecha, y justamente por la parte de atrás, siguiendo un caminito de tierra, emergen restos de la cultura megalítica-romana. Los dólmenes de Enériz y de la Mina. Incluso cabañas del primer milenio antes de Cristo.
No encuentro palabras que describan la amplitud del sentimiento.
La extensión de territorio no me pareció grande, pero su alma, su nobleza, su autenticidad y la de sus gentes…INMENSAS.
Descúbrela.
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