No sé cual es la razón, y tampoco me he parado nunca a pensar lo. Lo cierto es que desde que tengo uso de razón, los coches…….me apasionan.
Recuerdo incluso, siendo pequeña, pues posiblemente tuviera seis o siete años, ya me iba fijando en las marcas y preguntaba constantemente por el nombre de uno y de otro. Pero no sólo los coches, también cabía en mi afán de superación por descubrir los modelos de una moto, de otra, de los camiones (sí, de los camiones, un Volvo con capacidad de tantos o cuantos kilos, eso me fascinaba, o por ejemplo si era un volquete, un trailer….bueno, todo era de mi interés).
Y las máquinas retroexcavadoras, madre mía, me volvían loca. Para decir que una vez casi me aplasta una……..pues sí.
Yo tenía que estar siempre en el meollo de la cuestión, o sea, si estaban trabajando cerca de casa, allá que tenía que andar yo, supervisando el trabajo. Delante de la máquina, detrás, y por desgracia, debajo. Y porqué??
Pues todo sucedió porque a unos niños se les cayó la pelota justo en el agujero que estaban excavando y claro, estando yo en primera fila, quien iba a meterse a recogerla??……….Pues claro, tenía que ser yo, quien iba a ser.
En el momento que vi que el cazo de la máquina subía para depositar la tierra en el camión que estaba cargando, pensé que yo sería más rápida. Que me daría tiempo a bajar al agujero, coger la pelota, y subir antes de que la máquina volviese a introducir el cazo para cargar de nuevo otra palada de tierra. Pero me equivoqué.
En el momento en el que quise subir, mi cuerpo era demasiado pequeño y el agujero demasiado alto para llegar por mi misma. Así que las personas que estaban observando mi hazaña, se pusieron a gritar desesperadamente y a intentar sacarme de cualquier modo antes de que el maquinista me aplastase, sin ni siquiera saber que yo estaba allí.
Yo oía que la gente gritaba y gritaba. Recuerdo que decían:-¡¡La niña, la niña!!- y yo en mi inconsciencia, me creía la héroe de aquel acto de valentía.
Supongo que todo el mundo sabe cual es el grado del ruido que envuelve una obra regida por maquinaria. Pues puestos en situación, imagino qué era lo que podría escuchar el pobre conductor dentro de su cabina.
Escasos fueron los metros a los que quedó esa última palada que dio el maquinista ese día, tras sufrir una crisis de ansiedad, al ver como me sacaban de debajo de toneladas de hierro que sus manos, sin saber, condujeron hasta mi. Nunca olvidaré sus lágrimas. Esas lágrimas de pena (por lo que podría haber pasado), de rabia (por mi imprudencia) y de dolor……………………….
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