Trazos de tonos azulados desfilan inquietos ante mis ojos mezclados con algún otro color.
Ahora no siento mis ataduras, más bien soy etérea.
Puedo distinguir un conocido olor a sal, mientras un tranquilo murmullo me aventura a pensar donde me encuentro.
El frescor de unas atrevidas olas acarician mis pies y ante mi, un mar infinito.
Siento en mi desnudez como soy acariciada por la arena cuando empiezo a rodar empujada por suaves manos que a su vez manosean mi cuerpo. Me detengo y se dirigen a mis pechos, pequeños y frágiles, en destacamento. Describen pequeños círculos en ellos, una y otra vez, los cogen, los sueltan, los oprimen, los acarician, los aprietan.
Húmedas lenguas se ceban en los pezones. Los lamen incansables y sin darles tregua al descanso. Siento un extraño dolor al ser mordida, y me retuerzo mientras sigo pidiendo que muerdan el otro también.
Mis gemidos son la antesala a lo que en su momento me será dado.
Por lo pronto, sólo me queda suplicar que sigan y que no se detengan.
Sólo lo harán para darme la vuelta y advertirme que lo mejor está por llegar.
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