El principio de mi erotismo (9ª parte)

Trazos de tonos azulados desfilan inquietos ante mis ojos mezclados con algún otro color.

Ahora no siento mis ataduras, más bien soy etérea.

Puedo distinguir un conocido olor a sal, mientras un tranquilo murmullo me aventura a pensar donde me encuentro.

El frescor de unas atrevidas olas acarician mis pies y ante mi, un mar infinito.

Siento en mi desnudez como soy acariciada por la arena cuando empiezo a rodar empujada por suaves manos que a su vez manosean mi cuerpo. Me detengo y se dirigen a mis pechos, pequeños y frágiles,  en destacamento. Describen pequeños círculos en ellos, una y otra vez, los cogen, los sueltan, los oprimen, los acarician, los aprietan.

Húmedas lenguas se ceban en los pezones. Los lamen incansables y sin darles tregua al descanso. Siento un extraño dolor al ser mordida, y me retuerzo mientras sigo pidiendo que muerdan el otro también.

Mis gemidos son la antesala a lo que en su momento me será dado.

Por lo pronto, sólo me queda suplicar que sigan y que no se detengan.

Sólo lo harán para darme la vuelta y advertirme que lo mejor está por llegar.

 

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