Fue entonces, cuando apretó fuertemente la caja contra su pecho, envolviéndola con sumo cuidado entre los pliegues de su camisa y dejó que sus piernas, en un acto reflejo, le alejasen de allí.
La extenuación fue la encargada de cogerle de la mano y recostarlo al abrigo de un viejo chaparral , dejando que dormitara cobijado por su sombra, mientras transcurría el tiempo sin apreciación.
Le despertaron un enjambre de palabras, unidas a algún que otro mensaje retrospectivo, que en algún momento de su vida pasó llamando fuertemente a su puerta, pero él, ese hombre cansado, perdido, ni siquiera hizo ademán de querer abrirla. Siempre la mantuvo cerrada.
Uno tras otro pasaban ante su memoria, regocijándose ante él y lo único que podía hacer era arrepentirse de todo lo que pudo ser…. y nunca fue.
Se decía a si mismo:
“No he buscado la belleza en la sencillez de mis momentos”
“He dado a mi cuerpo lo que un día perderé, y no he regalado a mi alma lo que podría conservar eternamente”
“Mi existencia no está llena porque mi corazón está vacío”
“Sólo me he ocupado de tener….NO de ser”.
Vivencias que en su día crucificaron su identidad no dejaban de abofetearlo una tras otra.